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Conde Waldemar

La emigración fue un fenómeno que llegó, con distinto incidente, a todos los gremios profesionales de Galicia al largo del siglo XX. También los ilusionistas del país buscaron, con desigual éxito, su fortuna fuera. El más conocido de todos ellos fue Manuel Rodríguez Saa, más conocido como Conde Waldemar, que en el primer tercio de este siglo fue reconocido en las más importantes cortes y teatros internacionales.

Aunque cuando marchó de su casa en la aldea de Bagude, en Portomarín, fue para servir en Lugo y no llevaba aún vocación de mago, Manuel Rodríguez Saa acabó siendo uno de los más reputados profesionales del ilusionismo de sus tiempos. No fue hasta que llegó a Madrid, aun muy joven, cuando entró en contacto con los misterios de este mundo.

Sin que se sepa muy bien la manera en que lo consiguió, Rodríguez Saa comenzó en París una carrera que lo situaría en la cumbre de su profesión. Esto cuenta el Mago Antón, que lo conoció personalmente y sabe bien la historia de este grande de la magia, “Recorrió Estados Unidos,Venezuela, Cuba, Puerto Rico, Costa Rica y Argentina. En Asia estuvo en China, Japón y la India, y aún pasó por Sudáfrica y Australia”.

El éxito

“La fase más intensa de su vida artística se concentró entre los años 1914 y 1930, cuando actuaba en grandes y en pequeños teatros. Por lo que podemos ver en sus carteles, se especializaba en cuatro campos, las artes mágicas, a prestidigitación, el hipnotismo y la transmisión del pensamiento”, explica Antón.

Sus actuaciones eran más habituales en el extranjero del que en su propio país, aunque no le faltaron ocasiones memorables, como aquella en que llegó a actuar delante de la propia madre de Alfonso XIII.

Sería justo este el rey que, segun afirmaba el propio ilusionista, le había dado el título de Conde Waldemar. “El conde es un personaje perfecto para una novela, ya que su vida está llena de claroscuros y tiene un montón de elementos que hacen del personaje un mito”, asegura Antón.

Entre estos elementos hay historias como su matrimonio con una noble viuda filipina, que acabó tristemente al fallecer la dueña y al expulsar a los hijos del gallego de la casa.

El retorno y los recuerdos

El declinar de la carrera artística de Waldemar, que lo alejó de los escenarios de primera categoría no lo alejó no obstante de la práctica de la magia, que le permitió seguir ganándose la vida aún hasta finales de los años sesenta, cuando decidió volver para su tierra. “Cuando se estableció en Galicia fue en el año 1970”, recuerda Antón, “y frecuentaba mucho Madrid, donde tenía relación con otro nombre que fue una leyenda de la magia, Jose Frakson”.

Hacía también abundantes salidas a Lugo y Monforte, donde tenía sendos cuartos alquilados a perpetuidad. “En su última etapa hacía magia de cerca, que se ejecuta con objetos cotidianos como cartas, monedas, dados… y con mucha cercanía al público”.

Uno de los trucos más famosos de sus años más gloriosos era el conocido como el Barman de Satán, “consiste en que el mago, con una jarra de agua en las manos transforma este líquido en cualquiera que desee el espectador, sea coñac, vino, anís…”, recuerda Antón, que apunta que “es un juego que hoy apenas se hace y que tenía mucho éxito en aquellos tiempos”.

El encuentro

Aunque en su jubilación en su patria no prodigó especialmente las muestras de su trabajo, en sus últimos años de su vida, “actuó en las fiestas de su parroquia con gran éxito”, segun recuerda Antón. Fue en esta época cuando fue más conocido por los magos de Galicia, así Antón lo conoció.

“Fue en 1983 a través del periodista Juan Soto, que a su vez lo había conocido muchos años antes por Trapero Pardo. Yo no podía creer que aún viviera en Galicia un mago que tenía cerca de cien años y que, segun explicaba Soto había sido el maestro de David Bamberg (Fu-Manchú), el mago más emblemático de la historia de este arte y uno de los que más admiro”. Y lo fue a ver a la parroquia de Narón, en Portomarín, donde residía con su hermana y sus sobrinos.

El final

“Me encontré con un hombre de noventa y ocho años que aún era capaz de hacer juegos a bocajarro, como la cuerda que cortaba y se recomponía, algún juego de cartas y el puro Montecristo que fumaba siempre y que hacía desaparecer en su mano”, recuerda Antón.

“También bebía con noventa y ocho años una botella de Felipe II a la semana”, dando muestras de una grande vitalidad y lucidez. Luego de la muerte de Rodríguez Saa, en noviembre de 1984, quedaron en aquella casa todas las fotografías, los carteles de las actuaciones, las cartas de felicitación de diplomáticos, algunos de los objetos que empleaba para sus números y otros elementos que dan fe de que la historia de este Manuel Rodríguez Saa no fue únicamente una ilusión.

Entre las fotografías que se conservan hay una en la que se ve el Conde Waldemar dándole a mano nada menos que a Hiro Hito, emperador del Japón. Esta fotografía fue la que el mago les enseñó a las tropas imperiales que lo pretendían fusilar al pensar que era un espía en Filipinas, y que le permitió salvar la vida.

La herencia

Aunque Waldemar no dejó discípulos en el campo de la magia ni descendientes directos, están a aparecer nos últimos años en Galicia muestras de un su legado espiritual. Por una parte, uno de los sobrinos de Rodríguez Saa montó el restaurante “Conde de Waldemar” en Ligonde, en las cercanías de Monterroso. En este estabelecemento se hace memoria de la figura de su antepasado y se recuerda la historia de este lucense internacional.

Por otro lado, y recogiendo el legado artístico y espiritual de este personaje, en 1998 nacía en Lugo el Colectivo Mágico Waldemar, formado por magos de esta zona, tanto profesionales como aficionados.

Desde aquella, este colectivo vino organizando actuaciones de magia y trajo a la ciudad algunos destacados ilusionistas internacionales. En abril del 2003 echaba a andar la I Semana Internacional de la Magia, un evento que vio su segunda edición el pasado mes de noviembre con gran éxito.

Referencia

conde_waldemar.txt · Última modificación: 2019/09/29 16:06 por plewaynar